Esta retrospectiva traza un recorrido vivo por la obra de Gonzalo Cao, figura clave vinculada a Cuenca y a su escena artística. Entre la síntesis del trazo, el humor y la extrañeza poética de sus monguis, la muestra reúne pinturas, dibujos y materiales que revelan su manera de entender el arte: directa, afectiva y profundamente libre.
La exposición se despliega en tres espacios de la ciudad —CCA Alfarería Pedro Mercedes, Le Grand Garage y El Gallo Gastrobar— con selecciones complementarias que invitan a mirar a Cao desde distintos ángulos y ritmos. El itinerario propone un diálogo entre obra, ciudad y memoria compartida, poniendo en valor tanto su práctica artística como la huella docente y humana que dejó en varias generaciones.
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Recorrido inauguración — sábado 8 noviembre
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12:00h – CCA ALFARERÍA PEDRO MERCEDES (Amenizado por: Cooperativa DJ)
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17:00h – EL GALLO GASTROBAR (Amenizado por: Cooperativa DJ)
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19:00h – LE GRAND GARAGE (Amenizado por: El hijo de la Revoltosa)

Horario de los espacios:
CCA Alfarería Pedro Mercedes: MAR. – SÁB. 11h – 14h / 17h – 21h • DOM. 11h – 14h
El Gallo Gastrobar: MAR. – JUE. 12:3Oh – 17h / 19:30h – 24h • VIE. – SÁB. 12:30H – 24h
Le Grand Garage: VISITAS CITA PREVIA AL TELÉFONO 615 543 236
TE JODEN VIVO
La obra de Gonzalo Cao
Dionisio Cañas
Retrocede, cangrejo o liebre, sobre-salto, espontánea lubricación del entramado digestivo con alcohol barato. ¿Precede el pensamiento al péndulo del pincel mojado en un color determinado, o pintamos y luego nos lo pensamos dos veces o tres veces?
Nada que hacer, él está atrapado en la red de su infancia neuronalmente deteriorada por el des-precio. ¿Pero cuál es el resultado, cuál es la mercancía? ¿Unos cuantos cuadros monocolor? ¿Esculturas de carpintero diestro o tatuajes bidimensionales para colgar en la pared de una galería, o encima del sofá de una casa con muebles de Ikea?
Andar por andar, otro capítulo más de una historia de tentativas fallidas o no, depende cómo se mire. Esa era la finalidad, no terminar nada, no estancarse en la CocaCola Clásica del arte del siglo XX. Buscaba la risa del Conceptualismo Seco, pero tropezó con lo que ahora se conoce como el Conceptualismo Húmedo (“Wet Conceptual Art”) frente al “Dry Conceptual Art” de siempre. Él no lo sabía, claro está, las teorías sobre el arte no le interesaban mucho.
¿Caricatura de sí mismo? ¿O qué cojones es la pintura, el arte, el artefacto? No tan deprisa, aquí hay un hombre que sufre y que ama, un hombre que hace sufrir (zorro suelto en el gallinero de una Facultad de Bellas Artes). Síndrome del gallo, debilidad del hombre mariposa que pulula posándose en flores de otro planeta, y de este, claro está, aunque no está tan claro el origen de tanto desasosiego. Quizás leyendo un libro muy subrayado por Gonzalo Cao; un Cao que busca su S sistemáticamente, como una matemática del de-sastre; él quiso ser eso, un costurero de su pasado turbulento, de su presente-turbina.
Con la edad se le impuso el orden: expulsado de la Facultad de BB. AA. (2014), la razón si impuso a la sinrazón académica, al desvarío; aunque siempre evitando convertirse en una artista para el MERCAdona; ese monstruo voraz que devora todo arte museable, el MERCAntilismo, o preparado, hecho a medida, para precipitarse al vacío de una pared, para ordenar la mansión de los/las coleccionistas.
Evitar el “estilo” fue su “estilo”, aunque la trampa siempre está ahí: terminar metamorfoseándose en “mongui” (su personaje más querido). ¿Retraso mental o simulación burlesca de una sociedad sucia, podrida hasta la médula por la mercantilización de arte? Fue un retroceso, eso sí, diestro cangrejo de la teoría de los colores (su Biblia, Interaction of Color, Josef Albers), pero también eso había que romperlo; como tantas cosas en su vida, en su arte, en su pensamiento, en su escritura.
En uno de sus cuadernos de apuntes, bajo el título en gallego, “Fala ostias, fala”, Gonzalo escribe: “Posiblemente yo mismo me asesiné cuando tenía 4-5 años”. Solo sería después de su fallecimiento cuando empecé a entender la actitud desafiante de Gonzalo. Entre todos los escritos suyos que me entregaron había un libro de Oliver James: Te joden vivo. Cómo sobrevivir a la familia.
Este libro está subrayado minuciosamente desde el principio al fin por el propio Gonzalo. En muchas de sus páginas hay anotaciones hechas por él. En la última página hay varios comentarios y una frase en mayúsculas: “Una experiencia de años se escribe en tres líneas”.
Pensando en esta frase me fui a las páginas que tenía apuntadas. “Algunas de las emociones originales por la orfandad temprana tienen carácter universal. En el caso de los niños varones, el pequeño casi siempre se siente inseguro por la disrupción del hogar familiar y por la temporal falta de amor y atención…” (p.109). Hasta el punto que yo sabía sobre su vida familiar, Gonzalo no había sido huérfano, pero quizás sí se había sentido incomprendido por sus padres. En todo caso, esa orfandad “emocional” podía ser la clave de tantas figuras infantiles, “monguis”, que repetía una y otra vez.
Más adelante, página 110, tenía muy subrayada otra frase: “El empeño por domeñar los sentimientos negativos puede adoptar diversas formas. Las más corriente consiste en desarrollar una absoluta determinación a no confiar en nadie y ejercer el máximo control sobre el entorno”. Esto era totalmente aplicable a la personalidad del Gonzalo como persona y como artista. En la misma página se puede leer otra frase subrayada que definitivamente es como un retrato de Gonzalo Cao, tanto como persona y como artista: “El individuo considera que tiene la misión personal de eliminar el papel que en la vida juega el destino: engañar a éste y, al mismo tiempo, imponer un nuevo destino a todo el prójimo”.
A Gonzalo lo vi más de una vez furioso contra algo o contra alguien, pero nunca expresó ningún remordimiento ni sed de venganza. Quizás sus “monguis” no eran, pues, simples figuras inocentes, infantiles, juegos de artista para mostrar su gran habilidad con el uso de los colores, sino autorretratos que expresaban muchos de sus sentimientos en relación con el arte, con la sociedad y consigo mismo.
Otras dos páginas, en el libro que antes he mencionado, están particularmente subrayadas por Gonzalo (136-137). En ellas se habla de que “avergonzar es una de las armas más corrientes en el arsenal de los padres de familias con un hijo menospreciado”. Esto se podría aplicar a una parte de la personalidad del propio artista y profesor: con frecuencia menospreciaba, y te lo decía en la cara, el trabajo de otros artistas. Ya fuera a través de alguna ironía sobre tu trabajo o directamente que tal o cual, decía “era una mierda”.
¿Sufrió en su infancia este tipo de trato? ¿Explicaría esto que toda su obra relacionada con los “monguis” es un ataque directo a buena parte del arte de su generación? Y en esas mismas páginas se puede leer, subrayado en rojo por Gonzalo: “El papel de niño relegado suele venir acompañado del de víctima destinataria de unas emociones tan dolorosas como no deseadas”. ¿Son sus “monguis” parte de ese dolor oculto que arrastraba Gonzalo desde su infancia?
¿Y cuál es el testamento de un artista solitario, casi un vagabundo, viviendo en la precariedad, un artista perteneciente al “poetariado” y a una burguesía familiar insufriblemente pragmática, egoísta? Su egoísmo fue su des-precio, el desprecio de su desprecio a la arquitectura del poder académico, social, a la esclavitud digital, a las buenas costumbres, a los modelos de moda en cada etapa del arte del siglo XX y lo que le tocó del siglo XXI.
Todo esto lo llevó a un hermoso desastre: reunir ahora su obra en una exposición retrospectiva en varios espacios de la ciudad de Cuenca. Sanada por el semen, el sudor y la sangre de unas mentes contemporáneas, su obra aparece como el testimonio de su cuerpo desaparecido; cuerpo de artista, cuerpo del animal humano que somos todos y todas. Habrá que pensar en qué puertas se abren ahora, si algún crítico eficaz, de esos que no llena sus escritos de citas (la crítica de arte es una Casa de Citas de grandes teóricos o de filósofos), será capaz de abrirle las puertas del canon del arte a la obra de Gonzalo Cao. Yo cierro esta puerta, este escrito, con un punto y seguid, nunca será un punto final, hay mucho que decir y que hacer con y sobre este artista…

Grafiti de Seth Tobocman, Nueva York, 1990
Gonzalo Cao, nace en Estribela, (Pontevedra) en 1956. Trabajó como profesor de fotografía y pintura en la Universidad de Castilla la Mancha (Cuenca) hasta 2014.
Junto con Miguel Ángel Barba, Pablo Valle y Juanmi, forma parte de llamado “Nuevo Grupo Cuenca”. Algo que caracterizará a este conjunto de artistas es que son auténticos y viscerales. Todos tienen apetencia por el color con mayúsculas. También la ironía es un elemento que forma parte de su obra, y en alguno de ellos, el disparate es un elemento clave en sus composiciones.
De Gonzalo Cao podemos destacar sus pequeños personajes conformados por figuras geométricas, tales como rectángulos y círculos, a los que él denomina como “monguis”, donde el color tiene un papel principal, ya que determinará el mensaje de cada pieza.
“Gonzalo, nos demuestras con tu obra, repleta de ironía, que los que vivimos en el primer mundo nos hemos rodeado de ficción y sólo damos importancia a lo efímero, y esos seres que tú creas nos devuelven la sencillez, nos quitan la máscara que nos hemos puesto sin darnos cuenta, nos hacen mirar al Sol y a la Luna y también nos permiten que escuchemos el lenguaje del mar y los secretos del viento. Así pues, me doy cuenta de que eres un asceta en la contemplación de la naturaleza y sobre todo, en muchos momentos del día a día de tu vida cotidiana. Sencillez y misticismo, impregnados de la ironía de un chiquillo, dan a tu obra un toque para mí muy particular”.
Rafael Pérez Hernando, 2005.
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Centro Cultural y Artístico Alfarería Pedro Mercedes
Avenida de los Alfares 22. Barrio de San Antón. Cuenca
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*Actividad financiada por el Consorcio Ciudad de Cuenca